El 16 de junio de 1983 tuvo lugar uno de los episodios más despreciables de la historia del boxeo. En esa fecha, el púgil puertorriqueño Luis Resto recurrió a una artimaña vergonzosa para imponerse al estadounidense de origen irlandés Billy Collins Jr, derrotándolo por decisión unánime gracias a unos guantes manipulados deliberadamente. Aquel dramático combate y sus consecuencias tuvieron un peso significativo en la posterior y prematura desaparición del derrotado.
Billy Jr era hijo de Billy Collins, un exboxeador profesional que había competido entre finales de los años cincuenta y principios de los sesenta, enfrentándose, entre otros, a nuestro Duilio Loi. Convertido posteriormente en entrenador de boxeo, Collins enseñó a su hijo todo lo que sabía, guiándolo paso a paso en su desarrollo técnico.
El joven demostró aprender con gran rapidez. Se hizo profesional con apenas 20 años y, un año y medio después, ya había acumulado un récord de 11 victorias, 8 de ellas antes del límite, sin ninguna derrota. Aquel fatídico 16 de junio le pusieron enfrente a un rival que, sobre el papel, parecía estar a su alcance. Resto ya había sufrido 8 derrotas y debía servir para aumentar la experiencia del prospecto, dándole al mismo tiempo mayor visibilidad. El combate se celebró en el Madison Square Garden de Nueva York, dentro de la cartelera preliminar de la esperada batalla entre Roberto Durán y Davey Moore, y fue transmitido en directo por televisión.
Durante los primeros asaltos, Collins Jr dio claramente la impresión de ser el mejor boxeador, encontrando trayectorias limpias con mayor frecuencia y exhibiendo una técnica superior, aunque concediendo algo al público debido a su estilo combativo. Sin embargo, los golpes de Resto parecieron especialmente efectivos desde el principio. Cada impacto daba la sensación de dejar huella.
Tras una primera mitad equilibrada y extremadamente intensa, el rostro del invicto de 21 años comenzó a mostrar las marcas de los golpes recibidos y la inercia del combate pasó completamente a manos de su adversario. Era evidente para todos que las acciones de Luis Resto producían daños mucho más importantes que las de Billy Jr, aunque nadie conocía todavía la verdadera razón de esa diferencia de efectos.
A medida que se acercaba la campana final, la cara de Collins se convirtió en una auténtica máscara de hematomas, con los ojos amoratados e hinchados. El boxeador irlandés continuó luchando valientemente hasta el final, a pesar del sufrimiento, y consiguió terminar el combate de pie.
Poco antes de que un jovencísimo Michael Buffer anunciara la victoria por puntos de Luis Resto, las cámaras captaron un episodio singular. Cuando Resto se acercó al padre de Billy para intercambiar los habituales saludos finales, este último, al sujetar su guante simulando un apretón de manos, se alarmó repentinamente y llamó la atención del comisionado de la velada: ¡el acolchado había sido retirado!
Los guantes del puertorriqueño fueron confiscados poco después y la dramática verdad salió a la luz. Su entrenador, Carlos Lewis, conocido como Panama Lewis por su país de origen, había extraído gran parte del relleno de los guantes, convirtiéndolos de hecho en armas letales. Además, los vendajes de Resto habían sido “adicionados” con yeso en polvo, que se endureció al entrar en contacto con el sudor del púgil durante el combate.
El resultado fue cambiado a no contest y, tras las investigaciones realizadas, la licencia de boxeo de Resto fue revocada, mientras que Lewis fue expulsado de por vida de cualquier función oficial relacionada con el boxeo. Ambos también recibieron una condena penal por sus actos, aunque solo pasaron dos años y medio en prisión antes de ser puestos en libertad.
Por desgracia, las consecuencias de aquel vergonzoso engaño para Billy Collins Jr fueron infinitamente más trágicas que las sufridas por sus verdugos. Collins sufrió daños irreversibles en los ojos, perdiendo gran parte de su capacidad visual y viéndose obligado a abandonar el boxeo.
Desesperado, cayó en una profunda depresión agravada por el consumo descontrolado de alcohol. El torbellino de acontecimientos que estaba arrastrando su vida hacia el abismo concluyó de la peor manera posible el 6 de marzo de 1984, cuando Collins, con apenas 22 años, se estrelló con su automóvil lanzado a toda velocidad, muriendo en el acto. Sus familiares y amigos más cercanos no tuvieron dudas al afirmar que se trató de un suicidio.
Más de veinte años después de los macabros acontecimientos relatados, Luis Resto encontró finalmente el valor para enfrentarse a su culpa. En 2007 admitió que había estado al tanto de la manipulación realizada por Lewis y confesó que aquella “estratagema” también había sido utilizada en los dos combates anteriores al disputado contra Collins.
Una vida transcurrida en la más absoluta miseria, entre la degradación y la mendicidad, había llevado lentamente al puertorriqueño a enfrentarse a sus propios demonios. Tras encontrar un mínimo de serenidad al desempeñar un papel como entrenador de jóvenes boxeadores, sintió la necesidad de pedir perdón al mundo por lo que había hecho. A su confesión le siguieron una reunión, solicitada y obtenida, con la viuda de Collins y una visita, la primera, a la tumba de quien fuera su rival aquella noche.
Panama Lewis, por el contrario, continuó proclamando su inocencia hasta el día de su muerte, ocurrida en 2020. El exentrenador centroamericano ofreció a lo largo de los años varias versiones contradictorias sobre cómo los guantes habrían sido vaciados sin su conocimiento, pero esa patética obstinación no logró librarlo del desprecio de todas las personas de bien.
