Atlantic City, Boardwalk Hall, 10 de junio de 2006 –
Si existe un enemigo ante el que un boxeador suele terminar inclinándose, ese es el tiempo y su inexorable transcurrir. Llega un momento preciso, en el ocaso de los grandes campeones, en el que el cuerpo empieza a traicionar a la mente. Los reflejos se ralentizan, los golpes ya no explotan con la misma ferocidad e intensidad. Un jab que sale una fracción de segundo tarde, un esquive que falla por centímetros, una derecha que se pierde en el vacío.
Para Antonio Tarver y Bernard Hopkins, aquella noche de junio en Atlantic City no era solo una oportunidad para ceñirse el cinturón IBO de los semipesados. También era un desafío contra el tiempo.
Se enfrentaban dos de los mejores púgiles libra por libra de la época, en una pelea que para Hopkins debía representar el último tango antes de colgar los guantes, una despedida por todo lo alto, mientras que para Tarver significaba cerrar el círculo después de Glen Johnson y Roy Jones Jr., limpiar la división y consagrar su nombre para la eternidad.
Tarver, de 37 años, llegaba tras una serie de grandes batallas contra Roy Jones Jr. y Glen Johnson que lo habían convertido en “The Magic Man”, el mago capaz de apagar las luces de un campeón extraordinario como Roy Jones Jr.
Hopkins, de 41 años, cargaba sobre sus hombros el peso de un reinado de una década en el peso medio y las controvertidas derrotas ante Jermain Taylor, que habían puesto fin a su dictadura en la categoría. El viejo león no había parecido el mismo: demasiado pasivo, quizás demasiado convencido de que terminaría imponiéndose con el paso de los asaltos, o simplemente demasiado orgulloso para aceptar que el tiempo también pasaba para él.
La previa estuvo animada por las declaraciones de Tarver, convencido de que derrotaría al Verdugo antes del quinto asalto. Como respuesta, Hopkins hizo incluir una cláusula en el contrato que obligaba a Tarver a donar 250.000 dólares si no lograba cumplir su predicción. El dinero iría destinado a su fundación benéfica, la Make A Way Foundation, creada por Bernard para ayudar a jóvenes de los sectores más desfavorecidos de la sociedad a encontrar una oportunidad de superación, tal como él la había encontrado.
Tarver, zurdo natural con alma de contragolpeador, armado con una gran envergadura y un sentido del tiempo quirúrgico, era el favorito legítimo, también gracias a la diferencia de edad. Su espectacular nocaut sobre Roy Jones Jr., con aquel misil al mentón que todavía hoy ocupa un lugar privilegiado en la historia del boxeo, le había otorgado el aura de verdugo de fenómenos.
En la esquina opuesta estaba Hopkins, un boxeador que había convertido la defensa áspera, el clinch asfixiante y la presión psicológica en una forma de arte. Muchos creían que la explosividad y el timing de Tarver prevalecerían sobre la inteligencia táctica de Bernard “The Executioner” Hopkins. Sin duda Antonio partía como favorito, incluido para sí mismo, convencido de que convertiría el ring en un campo de batalla. Sin embargo, Hopkins transformó el cuadrilátero en un tablero de ajedrez, terreno en el que era un maestro absoluto.
Desde el primer campanazo, el combate fue una lección táctica.
Tarver intentó imponer su jab de derecha, el golpe con el que marcaba el ritmo y establecía su superioridad física, pero se encontró persiguiendo a un fantasma. Hopkins se movía con cautela y absoluto dominio del ring: medio paso atrás o hacia un lado, un movimiento de cintura, la cabeza siempre fuera de las trayectorias rivales.
No era especialmente espectacular, pero sí una auténtica demostración de autoridad y sabiduría boxística.
Cada vez que Tarver cargaba su izquierda, Hopkins la anulaba antes de que pudiera desarrollarse, entrando en clinch o pivotando para dejar que el golpe silbara inofensivamente en el aire. Magistral.
Tarver, cada vez más frustrado, comenzó a cargar innecesariamente sus golpes, permitiendo que el Verdugo de Filadelfia leyera con facilidad sus intenciones y lo castigara al más puro estilo Hopkins: ráfagas cortas y velocísimas seguidas de clinches tentaculares de los que Antonio no sabía cómo escapar.
Bernard empezó a conectar con frecuencia, sorprendiendo a Tarver con su timing y cambiando por completo el guion previsto. Neutralizó el jab y el recto con una facilidad pasmosa: un esquive, un clinch para quitar tiempo y espacio o simplemente un hombro que desviaba la trayectoria del golpe.
Los últimos asaltos fueron un calvario para Antonio, agotado e impotente ante un rival que simplemente lo había maniatado.
Hopkins, por el contrario, era el dueño absoluto del ring y por momentos se movía con la ligereza y la arrogancia de sus mejores años.
Al final de los doce asaltos, la decisión unánime de los jueces (triple 118-109) fue la certificación de una superioridad técnica sencillamente asombrosa. Un hombre de 41 años, considerado acabado tras perder el título de los medianos, subía de categoría en lo que debía ser su última pelea y le daba una lección al mejor semipesado del planeta.
Aquella noche, bajo las luces de Atlantic City, Bernard Hopkins no conquistó solamente un cinturón —además uno de segundo nivel como el IBO—.
Conquistó la inmortalidad deportiva.
Logró la hazaña de volver inofensivo a un gran rival, más joven, más grande y más fuerte, utilizando armas que el tiempo no había desgastado en absoluto: la astucia, la experiencia y, sobre todo, su mente.
