Muchos aficionados italianos quedaron decepcionados por el arbitraje del señor Padraig O’Reachtagain durante el combate mundialista del sábado por la noche entre nuestro Etinosa Oliha y el irlandés Aaron McKenna, ya que adoptó un criterio mucho más permisivo del que estamos acostumbrados a ver en los cuadriláteros italianos.
Efectivamente, durante los doce asaltos, la conducta de McKenna se mantuvo constantemente en el límite del reglamento y, en ocasiones, incluso lo superó: llevar la cabeza hacia delante, utilizar sus largos brazos para bloquear los del rival y emplear los hombros y los codos para empujarlo hacia atrás fueron solo algunos de los «trucos del oficio» que pudimos observar. Algo parecido le ocurrió a Michael Magnesi hace menos de dos meses, cuando sufrió un tratamiento similar por parte de Ryan Garner en Southampton.
Sin embargo, hay un punto que conviene aclarar. Cualquiera que siga regularmente el boxeo internacional, y en particular el que se practica en los cuadriláteros británicos, irlandeses y estadounidenses, sabe perfectamente que este tipo de arbitraje no constituye una excepción, sino la norma. Por tanto, no estamos ante intentos maliciosos de favorecer al púgil local, sino ante una práctica consolidada que cuenta con la aprobación del público, poco partidario de las interrupciones arbitrales y proclive a dejar que los boxeadores «se las arreglen solos», salvo en caso de infracciones flagrantes y graves.
En el lenguaje futbolístico se suele hablar de «arbitraje a la inglesa» para describir la tendencia a pasar por alto acciones especialmente duras e intervenir únicamente cuando se produce una falta evidente. Pues bien, la definición encaja perfectamente con la actuación de la mayoría de los árbitros internacionales de boxeo, incluidos aquellos que trabajan en las veladas estadounidenses de mayor prestigio. Basta pensar, por ejemplo, en la carrera del laureado excampeón mundial Andre Ward, que hizo de la astucia uno de los ingredientes fundamentales de sus numerosos triunfos, acompañándola, naturalmente, de unas cualidades técnicas de primer nivel.
Tomando prestada y adaptando al contexto una vieja frase del profesor emérito de la Universidad Federico II de Nápoles Antonio Moccia, que en aquel momento se refería al uso del inglés como lengua universal de los ingenieros: «A los italianos no nos gusta. Pero, sin duda, es así».
En otras palabras, independientemente de lo que cada uno de nosotros considere legítimamente el criterio arbitral ideal, cuando vamos a combatir al extranjero debemos subir al cuadrilátero plenamente conscientes de lo que nos espera y preparados para adoptar las contramedidas necesarias si el combate se transforma en una pelea caótica con el beneplácito del árbitro.
Muchos boxeadores de élite procedentes de países que formaban parte de la Unión Soviética nos ofrecen una extraordinaria lección al respecto: ucranianos, rusos, kazajos y otros. Su escuela pugilística se ha caracterizado históricamente por un planteamiento muy limpio: es raro verlos golpear por debajo del cinturón, abalanzarse sobre el rival, mezclar golpes con agarres de lucha libre o golpear en la nuca. Y, sin embargo, cuando los mejores de ellos se enfrentan a alguien que intenta «jugar sucio», demuestran estar perfectamente preparados para afrontar esa situación.
En internet todavía se puede encontrar un viejo vídeo en el que Gennady Golovkin, el formidable excampeón kazajo que durante muchos años dominó la categoría del peso medio, «instruye» al semipesado cubano Sullivan Barrera sobre cómo gestionar las fases de combate cuerpo a cuerpo. Durante aquella sesión de entrenamiento, Golovkin explica cómo colocar la cabeza para limitar la visión del rival, cómo bloquearle los brazos con los codos, cómo crear el espacio necesario para introducir sus propios golpes cortos y muchas otras cosas. En definitiva, uno de los púgiles más correctos, deportivos y leales de la historia reciente conocía a la perfección todos los recursos que suelen emplear quienes prefieren un boxeo caótico y desordenado.
Para nuestros campeones del pasado, prepararse para afrontar las situaciones difíciles a las que se refiere este artículo era algo completamente normal. En el magnífico documental sobre la vida de Nino Benvenuti emitido por la RAI tras el fallecimiento del querido excampeón istriano, Patrizio Oliva contó cómo se inspiró precisamente en los movimientos de Benvenuti para perfeccionar sus propias capacidades en el cuerpo a cuerpo. El escurridizo «Sparviero», célebre sobre todo por su juego de piernas, sus golpes largos y su capacidad de evasión, había pasado por tanto incontables horas en el gimnasio perfeccionando situaciones ajenas a su estilo habitual para no verse desprevenido si un rival le imponía una batalla sin cuartel.
Hoy, muchos boxeadores italianos no parecen poseer este bagaje adicional. Cuando son arrastrados a un combate sucio y caótico, parecen perdidos, desorientados y sin un plan B para impedir que su rival les imponga su estilo y los reduzca a la impotencia. Y al final, cuando nuestro representante regresa a casa con las manos vacías, terminamos lamentándonos y preguntándonos qué habría ocurrido con un arbitraje diferente, dando así la razón a la célebre frase de Julio Velasco: «Quien gana, celebra; quien pierde, explica».
