Tengo suficiente sentido del ridículo como para no engañarme pensando que un atleta multimillonario y lleno de títulos se tomará la molestia de leer un artículo dedicado a él por un periodista anónimo de otro país y que, después de leerlo, se dejará siquiera influir por su contenido. No obstante, he decidido escribir de todos modos esta carta abierta a Anthony Joshua, porque en la vida nunca he conseguido impedirme hacer lo que considero correcto simplemente porque alcanzar un resultado o sacar algún beneficio de ello parezca imposible. Así que aquí estoy, una vez más, lanza en mano, cabalgando hacia otro molino de viento.
Querido Anthony:
Como quizá puedas imaginar, entre mis compatriotas no gozas precisamente de una gran estima. Muchos de ellos nunca te han perdonado aquella final olímpica de Londres 2012, en la que privaste a nuestro representante Roberto Cammarelle de la medalla de oro tras un veredicto muy discutible.
Yo no estoy entre ellos. Yo también creo que Roberto mereció ser declarado vencedor aquella noche (aunque he visto injusticias peores), pero soy perfectamente consciente de que no eras tú quien pulsaba los botones de las máquinas de puntuación. También considero digna de elogio la reacción que tuviste en el último asalto, pese a la enorme diferencia de experiencia entre tú y tu rival.
He apreciado y admirado muchos aspectos de tu carrera. Me quité el sombrero ante tu decisión de enfrentarte a una leyenda del boxeo mundial como Wladimir Klitschko después de apenas 18 combates como profesional y con un bagaje amateur bastante limitado. Me quedé boquiabierto al verte levantarte después de que una derecha que habría tumbado a un rinoceronte te enviara a la lona, para luego terminar ganando el combate de manera espectacular. También me pareció digno de elogio tu firme determinación de exigir revanchas inmediatas después de las derrotas sufridas ante Andy Ruiz y Oleksandr Usyk, a pesar de que muchos te aconsejaban tomar caminos alternativos.
Sin embargo, lo que más me gusta destacar de tu trayectoria deportiva es otra cosa: el mensaje que has sabido transmitir al mundo con tus actuaciones sobre el ring, el mensaje de que es posible redimirse y volver a levantarse después de las adversidades.
Lo hiciste una primera vez dejando atrás los turbulentos acontecimientos de tu juventud, una etapa en la que tuviste varios problemas con la justicia, hasta llegar a lo más alto del mundo. Lo hiciste de nuevo más recientemente, encontrando la fuerza para regresar al ring después de un acontecimiento dramático que habría empujado a la mayoría de las personas corrientes hacia la desesperación y el aislamiento.
La razón por la que me dirijo hoy a ti es que, en mi opinión, tienes la oportunidad de realizar un gesto más propio de un verdadero campeón, un gesto que alimentaría nuestra confianza en la humanidad y nos convencería de que, en la vida, al contrario de lo que sostienen los cínicos y los desengañados, el dinero no siempre manda.
Como bien sabes, en estos momentos tu equipo, el de Tyson Fury y varias otras partes implicadas en la organización de vuestro esperado duelo están inmersas en unas intensas negociaciones. Los últimos acontecimientos, según lo que ha trascendido en los medios de comunicación, parecen indicar que el combate se celebrará en Estados Unidos, con el Madison Square Garden de Nueva York como principal candidato para albergar el evento.
Al parecer, eso es lo que quiere Netflix, que pretende aprovechar la ocasión para aumentar el número de suscriptores estadounidenses. Al parecer, eso es lo que quiere Dana White, que pretende aprovechar tu nombre y el de Tyson Fury para consolidar definitivamente su posición en el mundo del boxeo y está deseando asumir un papel protagonista en la organización del evento. Al parecer, eso es también lo que quiere Turki Alalshikh, el principal financiador del evento.
Sin embargo, existe una última parte, no menos importante que las que acabamos de mencionar, cuyos intereses chocan frontalmente con la opción estadounidense. Esa parte es el público británico del boxeo, que vería cómo le arrebatan de las manos un combate que lleva esperando al menos diez años, se vería privado de la posibilidad de presenciarlo en directo (salvo que estuviera dispuesto a asumir los enormes gastos del viaje) y se vería incluso obligado a trasnochar para verlo a través de una pantalla en Netflix.
Querido Anthony, los aficionados británicos han contribuido a convertirte en quien eres. Tus puños, obviamente, también han desempeñado un papel fundamental, pero sin el cariño de tu gente, sin aquellos estadios abarrotados, sin aquel entusiasmo contagioso y arrollador que te ha acompañado a cada paso, no habrías alcanzado las mismas cotas ni obtenido las mismas ganancias. Y estoy convencido de que eres consciente de ello.
Has sentido el cariño de tus aficionados caminando por las calles de las ciudades británicas. Lo sentiste mientras te dirigías hacia los rings de tus batallas, aclamado por multitudes enloquecidas. Lo sentiste más que nunca a través de los innumerables mensajes de apoyo que recibiste después de tu drama personal. Hoy es el momento de «devolver» algo.
Hoy es el momento de tomar una posición firme y decidida. Hoy es el momento de declarar públicamente: «No voy a escupir en la cara de quienes me han querido tanto. El combate contra Fury se hará en el Reino Unido o no se hará».
Hoy es el momento de decirle al señor White, y a todos aquellos que, como él, se empeñan en afirmar que el combate irá allí donde esté el dinero, que hay aspectos más importantes que tener en cuenta.
Y si eso implica una nueva cancelación de un evento que ha estado tantas veces a punto de hacerse realidad, tendremos que aceptarlo. Podrías cerrar el círculo enfrentándote a otro gran nombre de tu época que está disparando sus últimos cartuchos, como Deontay Wilder, quien precisamente disputó su último combate en Inglaterra. O incluso podrías retirarte sin remordimientos, habiendo conservado un vínculo con tus aficionados que merece ser valorado más que el dinero.
