Dario Morello es una de las figuras más polarizantes del boxeo italiano. O se le ama o se le odia, sin medias tintas. Hay quienes rastrean la web en busca de cualquier publicación que tenga que ver con él con el único propósito de burlarse e incluso animan en su contra cuando se enfrenta a boxeadores extranjeros; pero también hay quienes están pendientes de cada una de sus palabras, lo defienden con la tenacidad de un abogado penalista y ensalzan sus cualidades pugilísticas con los mismos términos que reservaríamos para la reencarnación de Nicolino Locche.
Yo prefiero mantenerme alejado de ambos extremos. Estoy sinceramente convencido de que “Spartan” es una figura positiva para el boxeo italiano, debido a la enorme atención mediática que es capaz de generar. Valoro muy positivamente los focos que Dario ha conseguido dirigir hacia los numerosos duelos entre italianos que ha protagonizado y lo apoyo sin vacilar cuando representa a Italia en el ámbito internacional. Al mismo tiempo, considero perfectamente legítimo comentar con una ironía bonachona algunas de sus declaraciones más pintorescas, como la relativa a su nuevo “plan de acción”, del que hablaré en breve, sin que ello deba interpretarse como un acto de lesa majestad.
Paso, por tanto, a explicar el título de este artículo, que hace referencia a una publicación difundida recientemente en los canales sociales de TAF, en la que se exponen los próximos pasos que Morello pretende dar para resarcirse. Se trata de un plan elaborado después de la dura derrota sufrida en Londres a manos del británico George Liddard, quien hace poco más de dos semanas dominó el combate por el título europeo del peso medio contra nuestro púgil, imponiéndose en ocho asaltos.
He leído la lista de sus “buenos propósitos” y me he quedado perplejo. En pocas palabras, Morello pretende mejorar su condición física, desarrollar su técnica para ser eficaz en el centro del ring además de cuando pelea con la espalda contra las cuerdas y comportarse como un atleta los 365 días del año. En otras palabras, ha descubierto la pólvora y ha tardado 33 años en hacerlo.
Pero ¿es realmente posible que el boxeador de origen calabrés solo se haya dado cuenta ahora de la importancia crucial de estos aspectos, todos ellos bien conocidos por cualquier principiante que dé sus primeros pasos en un gimnasio, y que hasta ayer estuviera convencido de poder prescindir de ellos sin renunciar por ello al sueño de proclamarse campeón de Europa? Personalmente, me cuesta creer que “la edad de Cristo”, sumada a los golpes de Liddard, haya provocado una iluminación repentina, y me inclino más bien por otra hipótesis.
Hasta ahora, Dario Morello ha sido un habilísimo empresario de sí mismo, construyendo día tras día un auténtico ejército de aficionados a los que ha ofrecido una determinada narrativa sobre sus capacidades en el cuadrilátero. Cuando hablo de “narrativa”, no quiero decir que el muchacho carezca de cualidades destacables, sino que estas han sido exageradas desmesuradamente a ojos de sus aficionados, hasta el punto de convencer a un enorme número de seguidores de que Dario estaba muy por encima de Liddard desde el punto de vista técnico y de que el inglés necesitaría el clásico veredicto casero para conquistar el cinturón.
Esa narrativa ha sido amplificada a menudo por el circuito mediático. Quienes hayan visto en diferido las últimas veladas de TAF a través de Mediaset 20 recordarán las palabras de Davide De Zan, quien en algunos momentos llegó incluso a atribuir a Morello la mejor defensa del mundo. No resulta sorprendente, por tanto, que el desarrollo del combate en el Copper Box Arena haya provocado en muchos una sensación de desconcierto e incredulidad. La narrativa corre ahora un serio riesgo de venirse abajo.
De ahí la necesidad de crear un nuevo escenario al que puedan aferrarse los seguidores de Spartan. En ese escenario, su héroe perdió únicamente por haber subestimado algunos detalles, pero pronto volverá a la carga. Aplicando al pie de la letra los tres puntos de su “plan de acción”, Morello obtendrá el mismo efecto del que se benefició Cell en la saga de Dragon Ball al absorber a los dos androides y transformarse así en el ser perfecto.
Las perspectivas reales, naturalmente, son bastante menos fantásticas. No cabe duda de que adoptar una conducta más seria y profesional entre un combate y otro es una buena idea y que Spartan puede beneficiarse de ello para afrontar de la mejor manera posible los últimos años de su carrera, pero esperar evoluciones espectaculares tanto en el plano físico como en el técnico por parte de un boxeador de 33 años parece sumamente poco realista.
Más allá de pequeños ajustes, Dario Morello seguirá siendo el boxeador que conocemos: un muy buen púgil para los estándares italianos, con virtudes y defectos, que todavía puede albergar de forma totalmente legítima ambiciones europeas. La materialización de esas ambiciones dependerá también de una pizca de suerte: el cinturón de la EBU no siempre está en manos de rivales fuera de su alcance y George Liddard, pese a no ser un fuera de serie, es objetivamente un boxeador cuyo nivel supera al de muchos campeones europeos de nuestros días, hasta el punto de que personalmente lo consideraría favorito frente a dos de los actuales campeones mundiales (Aaron McKenna y Denzel Bentley).
Ahora, para Spartan, el combate más lógico para volver a ponerse en marcha es el de Paolo Bologna. Ambos ya deberían haberse enfrentado en mayo, pero una lesión en el bíceps sufrida por Morello durante un entrenamiento hizo que todo se viniera abajo, dejando una enorme tensión entre los aficionados de ambos boxeadores, que desde entonces no han dejado de “pelearse” entre ellos en las redes sociales. Un duelo italiano de este calibre sería un éxito de taquilla, monopolizaría la atención de los medios y daría al vencedor un gran impulso para probar suerte más allá de las fronteras.
