En el fascinante y absolutamente insólito escenario de la Necrópolis de Giza, en Egipto, con las Pirámides como telón de fondo, el campeón mundial de los pesos pesados Oleksandr Usyk derrotó a la leyenda del kickboxing Rico Verhoeven por KO técnico a un segundo del final del undécimo asalto, gracias a una vergonzosa detención arbitral. A pesar de la victoria, la actuación del púgil ucraniano, ofrecida ante un atleta de otra disciplina deportiva, fue tan opaca, pobre y llena de carencias que terminó representando una deshonra para el boxeo.
Desde su anuncio oficial, este combate le pareció a la gran mayoría de aficionados y expertos del boxeo una auténtica broma, un mismatch escandaloso, un espectáculo circense. Sin embargo, estuvo a punto de convertirse en una de las mayores sorpresas de todos los tiempos.
El buen inicio de Verhoeven, mucho más activo y propositivo en los primeros asaltos frente a un Usyk extremadamente cauteloso y reservado, no parecía en sí mismo una señal de alarma significativa. Muchos, al observar los primeros compases del combate, habrán recordado la victoria de Floyd Mayweather Jr sobre el luchador de MMA Conor McGregor. En aquella ocasión, el célebre boxeador estadounidense cedió la iniciativa a su rival durante varios rounds, dando la impresión de estar en dificultades, antes de aumentar progresivamente el ritmo y llevar a McGregor al agotamiento.
Una estrategia similar, en teoría, podía haber sido preparada por el equipo de Usyk para el púgil ucraniano, que al regalar los primeros rounds a Verhoeven tuvo tiempo y oportunidad de estudiar su peculiar estilo y sus movimientos poco ortodoxos sin exponerse a golpes peligrosos en frío. El cuarto asalto, además, pareció confirmar esta interpretación: Usyk conectó dos magníficos uppercuts de izquierda al rostro que Rico absorbió con bastante dificultad, perdiendo incluso el protector bucal en la segunda ocasión. Aparentemente, el campeón mundial había decidido entrar de lleno en la pelea. Pero no fue así.
Los destellos de Usyk en el cuarto round quedaron como episodios aislados, porque desde el quinto asalto en adelante el ucraniano volvió a mostrarse pasivo, apagado e inconcluyente. Sus golpes carecían de potencia y explosividad, su defensa era descuidada y su ritmo dramáticamente lento. Verhoeven pudo así aprovechar la situación para ampliar su ventaja, que después de la mitad del combate empezó a resultar realmente preocupante para el campeón.
En realidad, Rico tampoco estaba haciendo nada extraordinario: sus ataques eran a menudo desordenados y en ocasiones incluso antirreglamentarios, con amplio uso de los antebrazos y constantes intentos de aplastar al rival contra las cuerdas, sin ahorrar empujones con el hombro. Pero su derecha encontraba el blanco con eficacia al menos dos o tres veces por asalto. Además, su continuo movimiento de piernas impedía que el campeón pudiera encontrarlo con facilidad.
El tan esperado momento de la reacción no llegó en el séptimo, ni en el octavo, ni siquiera en el noveno round: Usyk parecía una sombra del formidable boxeador admirado tantas veces sobre los rings de todo el mundo. Lo más desconcertante era la total ausencia de urgencia en su actitud: el ucraniano no buscaba el KO, no cargaba los golpes, no iba al intercambio. Su mirada estaba ausente y su furia competitiva brillaba por su ausencia.
Los espectadores, cada vez más sorprendidos por lo que estaban presenciando, tuvieron que esperar a la parte final del décimo asalto para ver finalmente una reacción de orgullo por parte del campeón. Usyk conectó buenas combinaciones y Verhoeven las sintió, no hasta el punto de parecer al borde del colapso, pero sí lo suficiente como para convertir en interesantes e inciertos los seis minutos que quedaban hasta la campana final.
Seis minutos que el campeón debería haber disputado a toda máquina, buscando desesperadamente el golpe definitivo. Y sin embargo, incluso durante el undécimo round, Usyk no se desató, no presionó asfixiantemente, no fue al abordaje. La gran oportunidad para cambiar el rumbo del combate se la ofreció el cansancio de su rival, acostumbrado a la distancia de cinco asaltos del kickboxing e inevitablemente agotado tras diez rounds y medio de movilidad constante.
En la segunda mitad del undécimo asalto Rico perdió brillantez, comenzó a quedarse más tiempo parado frente a su rival y, cuando ya faltaba poco para el sonido del gong, fue sorprendido por un soberbio uppercut de derecha. El neerlandés acusó el golpe y cayó hacia adelante, perdiendo o quizá escupiendo el protector bucal.
Verhoeven, aunque completamente agotado, se levantó, disfrutó de algunos segundos extra de descanso debido a la reinserción del protector bucal e intentó resistir hasta el final del round mientras Usyk lo castigaba con golpes. Fue precisamente en ese momento, sin embargo, cuando su condición de “intruso” en el mundo del boxeo jugó en su contra.
Quizá por la cabeza del árbitro Mark Lyson pasó la idea de que el decoro del Noble Arte estaba en sus manos y que su intervención era indispensable para salvar la imagen de una disciplina antigua y gloriosa. Quizá sintió el deber de proteger el legado de un hombre como Usyk como recompensa por sus hazañas heroicas del pasado. O quizá simplemente se equivocó. El hecho es que Lyson, un instante después de sonar la campana final del round, abrazó a Verhoeven y decretó el final del combate. “Un instante después” se convirtió mágicamente en “un segundo antes” en el informe oficial.
La sensación de que Verhoeven debía perder a toda costa y de cualquier manera encuentra confirmación en las tarjetas parciales. Al final del décimo round, dos jueces tenían el combate empatado, mientras que el tercero veía a Rico apenas dos puntos arriba. Tarjetas de este tipo parecen condicionadas por una profunda subordinación psicológica, porque encontrar cinco rounds ganados por Usyk en esta pelea es una tarea verdaderamente titánica.
¿Qué conclusiones sacar entonces de este extrañísimo evento deportivo? Muchos utilizarán lo ocurrido esta noche para menospreciar a Usyk, su valor y su trayectoria, y en cierto sentido el boxeador ucraniano se lo merece. Usyk nunca debió aceptar este combate: al hacerlo se expuso al riesgo colosal de tirar por la borda una vida de sacrificios que lo había llevado con pleno derecho a las discusiones sobre los mejores pesos pesados de todos los tiempos.
Yo no caigo en el error de dejarme condicionar por una sola mala noche y no pongo en duda el extraordinario palmarés de un atleta por un único tropiezo. No lo hago porque me parece evidente que esta noche Usyk estaba fuera de forma, tanto mental como físicamente, algo que no esperaba de un profesional serio como él, probablemente debido al inexistente currículum boxístico de su rival y a la convicción de poder ganar sin dificultades.
Sin embargo, esta trabajosa victoria, favorecida por una horrible decisión arbitral, seguirá siendo una mancha imposible de ignorar cuando Usyk cuelgue los guantes y llegue el momento de valorar su carrera y compararla con la de los más grandes. Un campeón de boxeo no puede arriesgarse a perder contra un kickboxer: el ucraniano, después de honrar tantas veces al boxeo, esta vez lo ha deshonrado.
