La belleza intacta de los Apeninos tosco-emilianos, los paisajes de postal, los ríos cristalinos, los bosques frondosos… Y precisamente allí, en un lugar que parece destinado únicamente a la contemplación de la naturaleza, entre unos pocos municipios dispersos habitados por apenas unos miles de personas, se encuentra un gimnasio de boxeo que año tras año se está convirtiendo en una auténtica fábrica de campeones. Un verdadero milagro deportivo cuyo artífice es cada vez más conocido entre quienes siguen el boxeo en nuestro país. Se trata del tarantino Emanuele Orlando, conocido por sus amigos como «Lele», quien, tras aprender los secretos del Noble Arte bajo la dirección del sabio entrenador Vincenzo Quero, se trasladó a la frontera entre Toscana y Emilia-Romaña para fundar su propio reino, hoy conocido como Pugilistica Alto Reno Michele Adduci.
Diez títulos italianos amateurs en todas las categorías, una medalla de plata en el Campeonato de Europa y numerosas medallas conquistadas en prestigiosos torneos nacionales e internacionales conforman un palmarés realmente impresionante, al que ahora se suman también los títulos profesionales del fenomenal púgil cubano Angelo Morejon, quien el pasado sábado se proclamó nuevo campeón italiano del peso pesado.
Nos pusimos en contacto con el entrenador Orlando para enriquecer esta sección dedicada a los mejores entrenadores italianos con la historia de un hombre que, como pocos en estos momentos, puede decirse que está en la cresta de la ola.
El último artículo que publicamos en esta sección estuvo dedicado al entrenador Vincenzo Quero, el hombre que te enseñó los secretos del Noble Arte. ¿Qué importancia tuvo Vincenzo en tu crecimiento como deportista y como persona?
El entrenador Vincenzo Quero ha desempeñado un papel fundamental en mi vida, tanto como deportista como persona. Fue quien me hizo enamorarme del boxeo y quien me transmitió los valores más importantes de este deporte: el respeto, la disciplina, el sacrificio y la humildad. Pero, sobre todo, siempre estuvo a mi lado. Tanto en los momentos de alegría como en los más difíciles, siempre pude contar con él, no solo como entrenador, sino también como un auténtico referente.
Hoy tengo el honor de ser entrenador yo también y cada día intento transmitir a mis chicos las mismas enseñanzas que él me transmitió a mí. Si a lo largo de mi carrera he conseguido ganar títulos y alcanzar objetivos importantes, una parte muy importante de esos logros le pertenece a él. Detrás de cada meta alcanzada también están su trabajo, su paciencia y la confianza que siempre depositó en mí. Por eso siempre le estaré agradecido. Más que un entrenador, para mí fue un guía y una persona que dejó una huella muy profunda en mi vida.

Antes de convertirte en un entrenador muy respetado, también fuiste un excelente boxeador. ¿Cuál es el mejor recuerdo y cuál el peor de tu carrera amateur? ¿Por qué nunca decidiste dar el salto al profesionalismo?
Nunca me he considerado un gran boxeador. De hecho, viendo lo que han conseguido algunos de mis chicos, me definiría como un boxeador «normal». Como novato gané el campeonato regional y el interregional, mientras que en la categoría élite conquisté un torneo nacional y otro internacional representando a Italia. Son resultados de los que me siento orgulloso, pero con el paso del tiempo comprendí que las victorias, por sí solas, no definen a una persona.
El gimnasio me enseñó que no solo importa lo que has ganado, sino, sobre todo, lo que eres capaz de transmitir a los demás. Hoy mi mayor satisfacción es ver crecer a mis boxeadores, no solo como deportistas sino también como personas. Creo que esa es la victoria más hermosa.
El mejor recuerdo de mi carrera es, sin duda, haber vestido la camiseta de la selección italiana y haber representado a mi país. Es una emoción que llevaré siempre en el corazón. El peor recuerdo, en cambio, son aquellas derrotas que en ese momento parecían imposibles de superar, pero que con el tiempo comprendí que fueron las lecciones más importantes.
En cuanto al profesionalismo, nunca sentí que fuera mi camino. Preferí dedicarme a la enseñanza y a la formación de los jóvenes. Para mí, el boxeo nunca ha sido solo una carrera: es una pasión. Siempre digo, medio en broma pero no del todo, que el boxeo es mi amante. O lo amas o lo odias, y yo lo amaré durante toda la vida.
La idea de abrir un gimnasio de boxeo en un pequeño pueblo de montaña habitado por apenas unos miles de personas podría parecer una locura. Sin embargo, los resultados demuestran que tu intuición fue extraordinariamente acertada. ¿Cómo nació esa idea y qué te hizo pensar que podía convertirse en un proyecto exitoso?
La idea surgió de una manera muy natural. Al principio entrenaba en un gimnasio de Pistoia. Después de obtener el título de entrenador aspirante, empecé a organizar cursos con una entidad, pero solo duraron unos pocos meses. Fueron precisamente las personas que asistían a aquellos cursos quienes me dijeron: «¿Por qué no fundamos nuestro propio club?». Todo empezó con esa sencilla pregunta.
En 2009 abrí la primera sede en Granaglione. Permanecí allí hasta 2019. El gimnasio era muy sencillo, casi parecía un sótano, pero para nosotros era un segundo hogar. Nos divertíamos, disfrutábamos estando juntos, aunque yo siempre me tomé este trabajo con la máxima seriedad.
Es cierto que la zona no cuenta con una gran población y mucha gente pensaba que un gimnasio de boxeo en un pequeño pueblo de montaña no podía funcionar. Todavía recuerdo que el propietario del local me dijo: «Con el boxeo no duraréis ni seis meses». Pues bien, hemos llegado a julio de 2026 y aquí seguimos.
La verdad es que siempre me han gustado los desafíos. Ha habido momentos buenos y momentos difíciles, pero nunca he dejado de creer en este proyecto. Siempre he pensado que, si trabajas con pasión, seriedad y dedicación, tarde o temprano los resultados llegan. Y, como canta Vasco Rossi, «Io sono ancora qua… e già» («Todavía sigo aquí… y ya»). Creo que esa frase representa perfectamente mi trayectoria.

La vitrina de trofeos del Pugilistica Alto Reno Michele Adduci, ya repleta de innumerables conquistas, recibió el pasado sábado también el Título Italiano del peso pesado gracias a la victoria de Angelo Morejon sobre Antonio Carlesimo. ¿Qué significa para ti este nuevo éxito y qué sentiste al abrazar a tu boxeador al finalizar el combate?
Fue una emoción realmente especial, porque era el único título que aún nos faltaba en nuestro recorrido. A lo largo de los años logramos conquistar el campeonato italiano amateur en todas las categorías, desde las juveniles hasta la élite, pero el título profesional era un objetivo que perseguíamos desde hacía mucho tiempo.
Cuando llegó la victoria, me resultó difícil describir lo que sentía. Estaba inmensamente feliz, pero sobre todo estaba feliz por Angelo. Es un chico que siempre ha trabajado con una enorme seriedad y espíritu de sacrificio, y por fin el gran público ha empezado a conocerlo y a apreciarlo. Para mí fue una doble victoria: el título conquistado sobre el ring y el reconocimiento que él merece como deportista.
Uno de los momentos que siempre llevaré en el corazón fue cuando, al terminar el combate, todo el pabellón comenzó a corear al unísono: «¡Morejon! ¡Morejon! ¡Morejon!». Sentir todo ese cariño fue algo extraordinario. En ese instante comprendí que no solo habíamos ganado un cinturón, sino también el afecto y el respeto de la gente. Fue una victoria para Angelo, pero también para toda la Pugilistica Alto Reno Michele Adduci y para todas las personas que cada día trabajan y creen en este proyecto.
La demostración más evidente de tu talento como entrenador son tus hijos, Sofía y Tommaso, que crecieron en el gimnasio bajo tu dirección hasta convertirse en dos auténticas promesas del boxeo italiano. ¿Fue fácil compaginar el papel de padre con el de entrenador?
No fue difícil, porque siempre he procurado mantener ambos papeles completamente separados. En el gimnasio soy su entrenador, mientras que en casa soy su padre y, cuando hace falta, también su amigo. Creo que, si consigues no mezclar esos dos aspectos, todo resulta mucho más sencillo.
Naturalmente, de vez en cuando también hablamos de boxeo fuera del gimnasio, pero en nuestra familia no existe solo el boxeo. Siempre les he dicho a mis hijos que los estudios están por encima de todo, porque el deporte es importante, pero también lo es construirse un futuro.
Hay una cosa que les repito a menudo tanto a Sofía como a Tommaso: mientras practiquen este deporte con pasión y con una sonrisa, deben dar siempre el máximo. El día en que sientan que lo hacen por obligación, entonces será el momento de parar. El boxeo es un deporte que debe encender un fuego dentro de ti; mientras ese fuego exista, hay que vivir cada entrenamiento y cada pelea al máximo. Cuando esa llama se apaga, hay que tener el valor de elegir otro camino.

Cualquiera que siga con un mínimo de atención el boxeo italiano sabe que fuiste tú quien proporcionó las bases técnicas a Diego Lenzi y quien lo formó desde cero como boxeador. Lo que no todos saben es que también lo recibiste de nuevo en el gimnasio después de que él se marchara dando un portazo, para luego llevarlo al título de campeón de Italia. ¿Cómo reaccionaste cuando ni siquiera te dio las gracias después de clasificarse para los Juegos Olímpicos? ¿Qué conclusiones sacaste de toda esa historia?
Diego llegó a nuestro gimnasio, si no recuerdo mal, entre 2015 y 2016. Ahí comenzó un recorrido muy importante. Es cierto que la primera vez que dejó de entrenar con nosotros se marchó sin dar ninguna explicación, y me dolió, porque cuando inviertes tiempo, energía y pasión en un chico es normal sentirse así. Sin embargo, cuando regresó, solo pensé en hacer mi trabajo, sin mirar al pasado. Juntos conseguimos conquistar el campeonato de Italia y, hasta julio de 2023, fue un boxeador de nuestro club. Posteriormente ingresó en el grupo deportivo del Ejército, una meta que se había ganado con todo merecimiento.
En cuanto a que no me diera las gracias después de clasificarse para los Juegos Olímpicos, sinceramente no le guardo ningún rencor. Cada uno vive su propio camino y afronta ciertos momentos a su manera. Yo estoy tranquilo porque sé que di todo lo que podía dar, con honestidad y pasión. Eso es lo que realmente importa para mí. Siempre he pensado que el papel del entrenador va mucho más allá de enseñar únicamente la técnica. Un entrenador dedica tiempo, renuncia a muchas cosas y, con frecuencia, pone el gimnasio por delante de su vida privada, de su familia y de sus amigos. Lo hace sin pedir nada a cambio, salvo ver crecer a sus boxeadores y hacer realidad sus sueños.
A Diego le deseo lo mejor. Creo que es un excelente peso pesado y que posee todas las cualidades necesarias para construirse una gran carrera también en el boxeo profesional. No le faltan capacidades y espero de verdad que consiga todas las satisfacciones que merece. Yo seguiré sintiéndome feliz cada vez que vea a uno de mis antiguos boxeadores alcanzar una meta importante, porque, al fin y al cabo, ese es el sentido más hermoso de nuestro trabajo.
Terminemos la entrevista pidiéndote que nos reveles cuál es tu gran sueño.
La verdad es que todavía tengo muchos sueños. Creo que un entrenador nunca debería dejar de soñar, porque precisamente eso es lo que te da fuerzas para levantarte cada mañana y volver al gimnasio con el mismo entusiasmo del primer día.
Me gustaría contribuir a que un boxeador ganara una medalla olímpica, conquistar un título mundial y, algún día, tener la oportunidad de trabajar con una selección nacional juvenil. Para mí sería la culminación de un camino. Creo muchísimo en el trabajo con los jóvenes, porque es ahí donde se construyen las bases no solo de los futuros campeones, sino también de las futuras personas.
Sin embargo, la mayor satisfacción no consiste en poder decir: «He ganado». Es ver a un chico crecer, mejorar día tras día y saber que has aportado un pequeño granito de arena a su camino. Cuando después lo ves llegar a lo más alto y conquistar un resultado importante, sientes una emoción difícil de explicar. Te sientes parte de su recorrido y comprendes que todos los sacrificios han valido la pena.
Dicho esto, siento que puedo afirmar una cosa: en la vida, yo ya he ganado. No porque haya conquistado títulos, sino porque sé de dónde partí y conozco el camino que tuve que recorrer para llegar hasta aquí. Quien conozca mi historia creo que puede decir: «Lele ha triunfado en la vida». Para mí, la verdadera victoria no se mide por cinturones o medallas, sino por todo lo que has conseguido construir con honestidad, pasión y amor por este deporte. Si hoy puedo mirar atrás con serenidad y seguir dedicándome al trabajo que amo, rodeado de personas que me quieren y de jóvenes que creen en mí, entonces esa es la mayor victoria de todas.
Y precisamente por eso seguiré trabajando con la misma humildad, sin creer nunca que ya he llegado a la meta, porque los sueños son maravillosos, pero solo se hacen realidad con trabajo, sacrificio y el deseo de mejorar cada día.

