Las críticas, quejas y recriminaciones hacia todo lo que no funciona en el mundo del boxeo internacional son tan frecuentes y generalizadas que casi han dejado de ser noticia. Nosotros mismos hemos señalado en varias ocasiones los comportamientos dañinos, las decisiones contraproducentes, las reglas absurdas y las prácticas irracionales que perjudican a nuestro querido deporte. Sin embargo, para aspirar a una mejora, a la pars destruens debe necesariamente acompañarle una pars construens. Hoy quiero proponer una idea concreta que, en mi opinión, podría beneficiar al boxeo si se implementa correctamente: una idea que he decidido llamar “El año de los Mundiales”.
El “problema” de los cuatro cinturones
Lo digo desde ya con absoluta claridad a nuestros lectores: a diferencia de muchos aficionados al boxeo, yo no soy nostálgico de la era del “título único”. Creo que la existencia de un solo cinturón mundial por categoría de peso ya implicaba hace muchos años problemas importantes, y que hoy, con la drástica reducción de la frecuencia de los combates, necesaria para proteger la salud y la integridad física de los púgiles, esos problemas se verían aún más acentuados.
En otros artículos ya he recordado algunos “casos célebres” que ponen de relieve los efectos distorsionadores del título único, desde el de Ezzard Charles, el mejor semipesado de todos los tiempos, obligado a subir de categoría tras esperar en vano una oportunidad titular, hasta el de Jake LaMotta, persuadido por la mafia para dejarse ganar una pelea y así no ver bloqueado su camino hacia el título mundial del peso medio.
Sin embargo, es innegable que la fragmentación del título en cuatro cinturones de igual valor, sin contar las innumerables organizaciones menores, también tiene consecuencias negativas, siendo la más significativa el desincentivo para organizar grandes combates entre grandes campeones.
Dado que varios púgiles de gran nivel, pertenecientes a una misma categoría de peso, pueden proclamarse simultáneamente “campeones del mundo”, la idea de organizar combates de unificación puede parecer arriesgada y poco atractiva, especialmente cuando esos boxeadores están gestionados por promotores rivales, temerosos de perder a su gallina de los huevos de oro. Entonces, ¿cómo salir de esta situación?
De una pregunta absurda a una posible solución
Una tendencia muy extendida entre los aficionados poco informados, siempre en busca de soluciones simples e inmediatas sin coste alguno, es la de hacer comparaciones inapropiadas con otros deportes. “Si en el fútbol hay una sola selección campeona del mundo, ¿por qué no puede haber un solo campeón en el boxeo?” es el tipo de preguntas que desde hace años se plantean a los expertos.
En realidad, son preguntas absurdas, porque mezclan cosas incomparables y no tienen en cuenta las profundas diferencias intrínsecas entre las distintas disciplinas deportivas. La pregunta que acabo de citar es, en términos de racionalidad, equivalente a preguntarse: “¿por qué no podemos caminar sobre el sol, si ya hemos estado en la Luna?”
Sin embargo, precisamente reflexionando sobre esa pregunta sin sentido, se me ocurrió la idea que constituye el núcleo de este artículo. Por supuesto, el fútbol es un deporte de equipo y no individual. Por supuesto, en el fútbol es posible reunir a las mejores selecciones del planeta en un mismo lugar y hacerlas enfrentarse en un periodo relativamente corto, mientras que en el boxeo profesional un solo combate requiere dos meses de preparación y un mes de recuperación…
Pero hay un aspecto de ese deporte tan diferente al boxeo que me hizo reflexionar. Si los aficionados al fútbol están dispuestos a esperar cuatro años para descubrir cuál es el país con el mejor equipo del mundo, conformándose mientras tanto con competiciones de menor prestigio, ¿por qué no ofrecer la misma satisfacción a los aficionados al boxeo, con la misma periodicidad?
El año de los Mundiales: unificaciones obligatorias cada cuatro años
Hoy en día, un campeón del mundo suele realizar dos o como máximo tres defensas del título a lo largo de un año natural. Entonces, ¿por qué no establecer un mecanismo para que, cada cuatro años, esos dos combates no sean simples defensas del cinturón, sino la semifinal y la final de un torneo destinado a coronar al “verdadero campeón”?
La estructura del torneo sería extremadamente sencilla: el campeón del WBC se enfrentaría al campeón del WBA, mientras que el campeón del IBF se mediría al campeón del WBO (emparejamientos propuestos a título de ejemplo). Los dos vencedores se enfrentarían posteriormente en la segunda parte del año para determinar la identidad del campeón unificado.
Cualquier púgil que se negara a enfrentarse al rival designado sería despojado inmediatamente de su título y sustituido en el torneo por el mejor clasificado de su federación. En caso de no llegar a un acuerdo sobre las bolsas y de producirse una subasta, el reparto podría determinarse mediante un algoritmo matemático que tenga en cuenta los ingresos obtenidos por ambos boxeadores en sus últimos combates.
De este modo, todos los campeones, desde los pesos pesados hasta los pesos mínimos, se verían incentivados a ponerse a prueba. No hacerlo implicaría perder no solo el cinturón conquistado con tanto sacrificio, sino también la reputación de guerrero indomable, que se vería debilitada por las acusaciones de cobardía por parte de los aficionados.
¿Y después del torneo? La hipótesis de las “bolas de dragón”
Quedarían naturalmente por definir múltiples aspectos técnicos (por ejemplo, qué hacer si en una determinada categoría un púgil ya posee más de un título mundial), pero estoy seguro de que los presidentes de las cuatro principales organizaciones del boxeo lograrían resolverlo todo con facilidad, siempre que estén dispuestos a debatirlo de manera franca entre ellos.
La cuestión más interesante es cómo proceder tras la conclusión del torneo, al término del llamado “año de los Mundiales”. Una opción sería permitir que en cada categoría el vencedor conserve los cuatro cinturones y los defienda uno tras otro contra los distintos aspirantes oficiales. Sin embargo, debido al ya mencionado problema de la baja frecuencia de los combates hoy en día, este escenario correría el riesgo de reducir enormemente los caminos hacia la gloria, perjudicando la popularidad del boxeo en algunas zonas del mundo.
Una alternativa válida podría ser otorgar a los cuatro cinturones el mismo comportamiento que las “bolas de dragón” del famoso manga japonés Dragon Ball, que tras conceder el deseo de quien las había reunido se dispersaban por distintas partes del planeta. De manera similar, después de permitir que el nuevo campeón unificado elija qué cinturón conservar, se podrían “liberar” los otros tres, poniéndolos en juego entre los seis púgiles mejor clasificados. De este modo, tras satisfacer el deseo de los aficionados de conocer quién es el mejor boxeador del mundo, los cinturones volverían a ofrecer oportunidades de prestigio en los distintos continentes.
¿Estarían de acuerdo WBA, WBC, IBF y WBO?
¿Qué pensarían los dirigentes de las cuatro principales organizaciones internacionales si se toparan con este artículo? Evidentemente no puedo saberlo, pero estoy firmemente convencido de que trabajar conjuntamente en proyectos de este tipo es de su interés.
No es ningún secreto que entre los aficionados al boxeo existe cierto descontento hacia estas organizaciones, en parte debido a muchas decisiones muy discutibles tomadas en las últimas décadas, y en parte por la fragmentación de los títulos que su propia existencia hace inevitable. Y si este malestar persistiera o incluso se agravara, alguien podría aprovecharlo para desmantelar todo el sistema.
Dana White ya lo está intentando, respaldado por los importantes fondos de sus generosos inversores y por sus conocidos apoyos políticos. Personalmente, como expliqué en un reciente artículo de opinión, creo que su iniciativa está destinada al fracaso, pero en el futuro el ataque podría venir de actores más astutos y menos comprometidos, con mayores probabilidades de éxito.
Es comprensible que quienes dirigen el WBC, la WBA, el IBF y la WBO tiendan a pensar que el prestigio de sus organizaciones está destinado a durar para siempre. Sin embargo, sería un grave error.
Recientemente, los títulos pasados, presentes y futuros del WBA desaparecieron del sitio web de la mayor y más documentada base de datos de boxeo del mundo, BoxRec: un escenario que casi todos habrían considerado imposible antes de que ocurriera. Una clara demostración de que el prestigio y la autoridad no están garantizados indefinidamente y de que, a base de cometer errores, pueden erosionarse poco a poco, con el riesgo de desaparecer por completo en el futuro.
Una iniciativa quijotesca
No me hago ilusiones de que mis palabras sean escuchadas o acogidas por quienes tienen el poder de cambiar las reglas del juego. Sé que, con toda probabilidad, lo mío quedará como un grito en el desierto, con los mismos efectos prácticos que el ataque de Don Quijote contra los molinos de viento.
Por otro lado, Don Quijote encarna muy bien el espíritu con el que Boxe Punch fue creado el primer día de esta aventura, hace poco menos de dos años. Y es con ese mismo espíritu que someteré este artículo a la atención de los cuatro presidentes —Gilberto Mendoza Jr., Mauricio Sulaiman, Daryl J. Peoples y Gustavo Olivieri—, cerrándolo con los versos finales de una célebre canción del gran cantautor italiano Francesco Guccini:
Il Potere è l’immondizia della storia degli umani
e anche se siamo soltanto due romantici rottami,
sputeremo il cuore in faccia all’ingiustizia giorno e notte:
siamo i “Grandi della Mancha”,
Sancho Panza… e Don Chisciotte!
