Era excesivo, desafiante y rebelde, pero al mismo tiempo increíblemente generoso, obstinado y luminoso, de esos que iluminan una habitación apenas entran. Amaba la buena vida, las mujeres, el alcohol y meterse en problemas, impulsado por una naturaleza despreocupada e irrefrenable, exactamente igual a la que mostraba sobre el ring. Oscar Natalio “Ringo” Bonavena fue probablemente uno de los mayores “outsiders” de la historia del boxeo, capaz de captar la atención de una nación entera y de los medios de comunicación de su época, a pesar de no haber llegado nunca a conquistar un título mundial.
Oscar parecía haber nacido con un destino ya escrito en los rasgos de su rostro. Cuando vino al mundo, el 2 de septiembre de 1942, en el corazón del popular barrio de Parque Patricios, en Buenos Aires, su padre no tuvo dudas: aquel bebé de nariz achatada y puños instintivamente cerrados se convertiría en boxeador.
Criado en una familia cálida y ruidosa de origen italiano, compuesta por sus padres y una decena de hermanos, entre una mezcla constante de dialectos calabreses y ciociaros, Oscar empezó muy pronto a sentir el llamado del ring. A los siete años, su madre, Doña Dominga, le regaló un par de guantes y unos pantalones rojos con el nombre de Joe Louis estampado. Y durante el carnaval, utilizando un corcho quemado, le pintó el rostro de negro para que la transformación fuese completa.
El joven Oscar creció fuerte y robusto, desarrollando hombros y brazos poderosos también gracias a su duro trabajo como ayudante de carnicero, cargando enormes piezas de carne sobre la espalda. Aunque soñaba con el fútbol y con vestir la camiseta de Huracán, un grave defecto físico le cerró ese camino: los pies planos. Tenía una postura extraña y una forma peculiar de caminar, pero sobre el ring eso se transformó en una ventaja en términos de imprevisibilidad.
Bonavena era un zurdo natural convertido en diestro, dotado de una enorme solidez, un temperamento indomable y golpes pesados como piedras. Su carrera amateur fue fulgurante: solo sufrió dos derrotas en todo su recorrido, aunque una de ellas le costó el pase a los Juegos Olímpicos de Roma 1960, donde el oro de los pesos pesados terminaría en manos del italiano Francesco De Piccoli y el de los semipesados en las de un joven Cassius Clay.
En seguida, en los Juegos Panamericanos de 1963, irritado por su rival Lee Carr durante un clinch, Bonavena le mordió un pezón. La descalificación fue inmediata y puso fin abruptamente a su etapa amateur. Todo debido a su carácter explosivo.
Para conquistar las cumbres del boxeo, Bonavena desembarcó en Estados Unidos el 4 de septiembre de 1965. En Times Square, una anciana lo confundió con el baterista de los Beatles debido a su corte de cabello. Así nació el apodo de “Ringo”, una marca registrada que lo acompañaría para siempre.
Como profesional, su récord fue impresionante: 68 combates, 58 victorias, 44 de ellas por KO. En Estados Unidos su estrella brilló intensamente. Derrotó a rivales del calibre de George Chuvalo y Billy Daniels, fue superado claramente por Zora Folley, pero luego logró vengar aquella derrota.
De regreso en Argentina, llenó el mítico Luna Park para enfrentar al campeón nacional Gregorio Peralta. Bonavena ganó el combate tras provocar a su rival durante semanas, y aun así, al terminar la pelea, lo invitó a la casa de Doña Dominga para comer fettuccine. Peralta rechazó la invitación y Oscar se lo reprochó durante años.
Tiempo después, cuando volvió a cruzarse con un Peralta ya venido a menos y con dificultades económicas, Bonavena supo que una derrota impediría a su rival conseguir una bolsa digna. Entonces soportó los abucheos del público y “jugó” sobre el ring, escondiendo su superioridad para garantizarle un empate.
Además de ser un boxeador sólido y temido, Ringo fue un auténtico precursor del marketing deportivo moderno, un showman nato que entendió la importancia de los medios antes incluso de la llegada de la televisión comercial. Fuera del ring, su vida se convirtió en una sucesión de excesos: mujeres hermosas, trajes de alta costura y anillos de diamantes. Incluso se improvisó cantante pop grabando la canción “Pio Pio Pa”, escrita por Palito Ortega, que escaló las listas vendiendo miles de copias; también conquistó los escenarios teatrales y se convirtió en una figura habitual de los programas de entrevistas. Pero detrás de la armadura del provocador seguía estando el chico de Parque Patricios profundamente unido a Doña Dominga: cada domingo, cámaras y fotógrafos argentinos aguardaban frente a la modesta casa de su madre para inmortalizar su lujoso automóvil estacionado allí, donde Ringo regresaba puntualmente para almorzar la comida preparada por ella.
La consagración mundial, irónicamente, llegó a través de sus derrotas más legendarias. La primera gran epopeya fue la doble batalla contra el invicto “Smokin’” Joe Frazier. En su primer enfrentamiento de 1966 en el Madison Square Garden, el estadounidense llegaba con un récord impecable de once victorias por KO, pero se encontró frente a una montaña imposible de mover. En el segundo asalto, el argentino estuvo cerca de la hazaña: derribó a Frazier dos veces. Frazier tuvo que recurrir a reservas desconocidas de energía y sobrevivió milagrosamente, terminando por ganar por puntos mediante una polémica decisión dividida muy discutida por el público. La revancha tuvo lugar dos años y tres meses después en Filadelfia, esta vez con el título mundial en juego. Fue otra guerra brutal sin concesiones, concluida con una decisión más clara a favor de Frazier, pero Ringo jamás cayó a la lona, demostrando una mandíbula de granito y confirmándose como un peso pesado peligrosísimo para cualquiera.
Perdido el tren mundialista, Bonavena seguía siendo el rival ideal — creíble y espectacular — para el gran regreso de Muhammad Ali después de su largo exilio forzado. El 7 de diciembre de 1970, las luces del Madison Square Garden iluminaron quince rounds de intensidad extraordinaria. La previa fue una magistral operación de guerra psicológica dirigida por el argentino. En las conferencias de prensa enfureció a Ali, llamándolo públicamente “gallina” por haberse negado a ir a Vietnam, además de provocarlo en cuestiones raciales y personales. Sobre el cuadrilátero, Ringo respaldó sus palabras con hechos: en el noveno asalto, un devastador gancho de izquierda al contragolpe hizo tambalear a Ali y lo dejó al borde del KO. La resistencia del argentino solo se derrumbó en el decimoquinto y último round, cuando Ali consiguió derribarlo tres veces, forzando el KO técnico. Antes de aquella noche, Ringo jamás había sido derribado en toda su carrera. Argentina lo recibió a su regreso como corresponde a los grandes héroes populares.
A mediados de los años 70, la carrera deportiva de Oscar entró en declive. El documento decía treinta y tres años, pero su cuerpo sentía el doble, desgastado por una vida de excesos. Comenzó a frecuentar bares de mala muerte, bebiendo whisky entre personajes oscuros, prostitutas, peleas callejeras y luces policiales iluminando la escena.
Oscar terminó firmando un contrato con Joe Conforte, un ambiguo italoamericano propietario del Mustang Ranch, el primer burdel legal de Nevada. Fue el comienzo del fin. El carácter impulsivo y desafiante de Bonavena hizo que la relación entre ambos se deteriorara rápidamente. Además, Oscar no encontró mejor idea que iniciar una relación clandestina con Sally, la esposa septuagenaria de Conforte, quien manejaba los contratos del boxeador. La mujer incluso llegó a regalarle un automóvil clásico y lo convirtió en copropietario de algunos negocios. Las tensiones con el mafioso Conforte se volvieron insoportables: el jefe le ordenó a Ringo no volver a aparecer y le dio dinero para un boleto de ida a Buenos Aires.
El 22 de mayo de 1976, incapaz de obedecer órdenes, extraordinariamente hábil para meterse en problemas y quizá convencido de ser intocable, Bonavena regresó una última vez a las puertas del Mustang Ranch para “aclarar” la situación. No le permitieron entrar y, desde la torre del rancho, Willard Ross Brymer, guardaespaldas de Conforte, abrió fuego con un rifle Remington 30-06. Un disparo en el pecho mató a Ringo en el acto.
La vida de Oscar Natalio “Ringo” Bonavena terminó brutalmente a los 33 años frente a las puertas de un burdel de Nevada. Un final paradójico para uno de los pesos pesados más carismáticos, desordenados y queridos de la historia del boxeo.
Antes que un atleta, Bonavena fue un fenómeno cultural pop, un provocador nato y un ídolo absoluto del pueblo argentino. A cincuenta años de aquella trágica noche, nos gusta recordarlo así: sonriendo, con un whisky on the rocks en una mano y un cigarro en la otra, insolente y hedonista, pero también increíblemente sincero y auténtico.
