Gratien Tonna, el boxeador cosmopolita de puños de acero

Es el 13 de diciembre de 1975. Siete mil trescientos espectadores están apretujados como sardinas en el Nouvelle Hippodrome de París. El ambiente es eléctrico, las vías de escape prácticamente inexistentes, tanto que, según las crónicas de la época, una eventual crisis de pánico habría provocado sin duda una masacre. Todas las miradas están clavadas en el centro del ring instalado en el corazón del hipódromo, donde uno de los más grandes pesos medios de todos los tiempos, Carlos Monzón, se enfrenta al ídolo local, Gratien Tonna. El árbitro, al dar las últimas instrucciones antes del inicio de las hostilidades, intima a ambos hombres a no golpear en la nuca, una advertencia que resultará siniestramente profética.

Pero ¿quién es ese muchachón de mirada profunda y musculatura escultural que se dispone a combatir sin miedo contra el indestructible fuera de serie argentino?

De las peleas callejeras a la prohibición del Presidente

Tonna nació en Túnez, de padres malteses, en 1949, cuando Túnez aún era un protectorado francés. Si se considera que más tarde se trasladó precisamente a Francia, que se entrenó también en Italia —donde aún vive su hermana Carmen— y que su primo Charlie Magri se cubrió de gloria en los rings británicos, resulta evidente que Gratien fue un auténtico cosmopolita, un verdadero “ciudadano del mundo”.

Entre los muchos idiomas que aprendió a lo largo de su vida, sin embargo, el que Tonna dominaba mejor era el lenguaje de sus puños de acero, el que entre las cuerdas del ring lo convertía en un auténtico toro desatado.

Gratien descubrió el boxeo muy pronto. A los doce años, su carácter turbulento, acentuado por las precarias condiciones económicas de su familia, ya lo había empujado a participar en numerosas peleas callejeras, y el ingreso en un gimnasio de boxeo le permitió canalizar su agresividad en un contexto donde la disciplina y el respeto de las reglas eran indispensables.

Sostenido por una fuerza física naturalmente hercúlea, Tonna se abrió camino de inmediato, victoria tras victoria, hasta ganarse el acceso a la final de los campeonatos amateurs de Túnez, para luego ser excluido del torneo por motivos políticos. Era un periodo de fuertes reivindicaciones nacionalistas en Túnez, país que había obtenido su independencia pocos años antes: el presidente Habib Bourguiba no toleraba la idea de que un boxeador cuyas raíces no eran autóctonas pudiera convertirse en campeón nacional.

Gratien fue señalado como “francés”, lo que resulta bastante irónico, ya que precisamente el francés fue el idioma que más le costó dominar al joven, hasta el punto de sentirse incómodo, años después, durante las inevitables entrevistas con la prensa en la antesala de sus combates más importantes.

El ascenso triunfal y la gran oportunidad llegada demasiado pronto

Tras trasladarse a Marsella en 1967, Tonna fue protagonista de una breve pero brillante carrera amateur, ganando numerosos torneos de prestigio, entre ellos los Campeonatos Mundiales Militares en Salónica y los Campeonatos de Francia. Su estilo garibaldino y la potencia mortífera de sus golpes, sin embargo, estaban más hechos para el mundo profesional y así, poco antes de cumplir 22 años, Gratien dio el gran salto.

Su escalada hacia el éxito fue rápida e impresionante. Sus rivales se derrumbaban bajo el peso de sus golpes y no lograban contener su presión frenética. Entre quienes probaron los puños del pegador franco-tunecino hubo varios italianos: Roberto Bisotti, Mario Lamagna, Remo Golfarini, Domenico Tiberia y Luciano Sarti fueron todos sometidos, mientras que Fabio Bettini logró imponerse una primera vez, para luego ser derrotado en el segundo y el tercer enfrentamiento.

El vertiginoso ascenso de Tonna llevó a su equipo a intentar el gran golpe, invitando a París al recién coronado campeón mundial WBC de los pesos medios, Rodrigo Valdés. El colombiano era una auténtica fuerza de la naturaleza: seis meses antes había infligido un KO brutal a Bennie Briscoe, uno de los mejores encajadores de la historia del boxeo.

Para la ocasión, Gratien decidió ser entrenado por el italiano Rocco Agostino, quien se encargó de su preparación en Génova. Precisamente el célebre mánager italiano tuvo luego, a su pesar, un papel crucial en el momento decisivo del combate: cuando Tonna, en el undécimo asalto, fue derribado de manera ilegal tras el break del árbitro, Agostino le gritó que permaneciera en la lona, convencido erróneamente de que llegaría la descalificación de Valdés.

Al margen de la controversia, las fuentes periodísticas francesas e internacionales coinciden en subrayar que el campeón, en el momento de la detención, tenía el combate claramente controlado. Tonna había dado un paso más largo que la pierna, pero aquella derrota lo ayudó a mejorar y lo proyectó hacia uno de sus mayores triunfos: la conquista del título europeo.

La gloria europea y el desafío a Monzón

En el Stade Louis II de Fontvieille, en el Principado de Mónaco, frente al intrépido boxeador británico Kevin Finnegan —quien años después sería protagonista de una meritoria actuación competitiva contra el inmenso Marvin Hagler—, Gratien mostró mejoras técnicas y tácticas insospechadas.

El conocido periodista italiano Roberto Fazi, que siguió el evento a pie de ring, escribió que Tonna “en los últimos asaltos decidió sorprender al público: se entregó a la técnica, él, el antitécnico por excelencia, y ya fuera porque Finnegan estuviera cansado o porque no estuviera preparado para la metamorfosis del rival, los zurdos de Tonna, elegantes y oportunos como los de Cassius Clay, le llegaban al rostro con una naturalidad inesperada”.

Llegamos así al escenario sobrecogedor con el que abrimos este artículo, a aquel hipódromo demasiado pequeño para contener a la multitud electrizada que lo había invadido, a los ojos inexpresivos del feroz Monzón, tan incontrolable fuera del ring como glacial y calculador dentro de él. En las gradas, la frágil esperanza de presenciar una sorpresa histórica se mezclaba con funestos presentimientos.

Gratien afrontó el combate con la inconsciencia típica de quien no tiene nada que perder. Avanzaba, cerraba espacios, mantenía firmemente el centro del ring y cargaba los golpes con violencia, mientras su experimentado rival lo dejaba desahogarse, amortiguando los impactos con ágiles movimientos de torso y cabeza. Cuando en el segundo asalto Monzón le tomó la medida y lo castigó con sus directos, Tonna lo provocó con muecas desafiantes.

Al inicio del tercer asalto el francés conectó dos ganchos violentísimos que habrían podido tumbar a un toro, pero Carlos no se inmutó, se recompuso de inmediato y le devolvió el favor. El destino de Gratien estaba marcado: al no lograr abrir brecha en la áspera coraza del rival, el aspirante sintió que tenía las armas embotadas. Sus ataques se volvieron más caóticos e imprecisos, su defensa comenzó a dejar huecos tentadores en los que el derechazo de Monzón se colaba cada vez con mayor frecuencia.

Una vez más, como ante Valdés, el desenlace dejó a todos con un sabor amargo. Tras encajar un letal jab de contra en la punta del mentón, Tonna se desequilibró dando la espalda al rival, que aprovechó para lanzar un potente derechazo a la nuca. Gratien cayó de rodillas, aturdido y confuso. El árbitro, el puertorriqueño Waldemar Schmidt, realizó la cuenta sin vacilaciones. El sueño de convertirse en campeón del mundo se había esfumado para siempre.

Los últimos toques de clarín

El francés no se dio por vencido, sin embargo. Volvió a encadenar victorias y firmó cinco KO consecutivos, ganándose así una nueva oportunidad europea que se concretó en Milán. En el Palasport de San Siro, Tonna derrotó al excelente boxeador inglés Alan Minter, detenido por herida tras ocho asaltos encendidos, conquistando de este modo el cetro continental por segunda vez.

Fue el último toque de clarín del boxeador franco-tunecino de puños de acero. La derrota sufrida en Estados Unidos en la semifinal mundial ante el astuto Ronnie Harris desmotivó profundamente a Tonna y dio inicio a su parábola descendente. El estadounidense lo desactivó amarrándolo continuamente, bajo la mirada impasible de aquel mismo árbitro Schmidt del que Gratien no guardaba precisamente un buen recuerdo.

Las posteriores derrotas contra Minter y Finnegan, a quienes había vencido en su apogeo, aunque llegadas en combates competitivos, certificaron que Tonna había emprendido el camino del declive. No obstante, Minter expresó más tarde su incredulidad ante la tenacidad del valiente atleta francés: “Conectaba golpes fantásticos, pero cada vez que pensaba que tenía a Tonna en mis manos, él seguía allí, plantado delante de mí”.

Hoy Gratien ha cumplido 77 años. Si hubiera nacido en otra época, muy probablemente se habría convertido en campeón del mundo. Por desgracia para él, se encontró frente a dos gigantes de la historia del peso medio y, quizá por inexperiencia, quizá por alguna pequeña carencia de carácter, no supo gestionar de la mejor manera los momentos cruciales de aquellos desafíos estremecedores.

Estamos convencidos, sin embargo, de que con el paso de los años el orgullo ha prevalecido sobre el pesar por aquellas derrotas: el orgullo por las emociones despertadas, por las muchas victorias arrolladoras, por haber sido un referente para todos aquellos que lo quieren, mostrándose fuerte no solo con los músculos, sino con su espíritu y su humanidad.

Se agradece profundamente a François Tonna, sobrino de Gratien, su fundamental colaboración en la elaboración de este artículo.

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