Talento y carácter de verdadero boxeador: Bruno Arcari, el fenomenal antidivo del ring

Si hay algo que llama la atención de Bruno Arcari, extraordinario campeón mundial del boxeo italiano, es la franqueza de sus palabras, carentes de retórica, de adornos artificiosos o de soberbia. Bruno siempre tuvo los pies bien plantados en el suelo y una forma de expresarse honesta y cortante, sin oropeles: era sencillamente un boxeador fenomenal, uno de los más grandes de nuestra historia —para muchos, el más grande junto a Duilio Loi y Nino Benvenuti—, pero siempre dejó que fueran otros quienes lo celebraran. Bruno pensaba en entrenarse bien, con la cabeza y con el corazón, con rigor y sudor, porque así era su carácter y así se lo habían enseñado:
“He interpretado siempre el boxeo como un trabajo que hay que hacer lo mejor posible, sin distracciones, recordando siempre lo que me enseñó mi primer maestro: puedes sentirte el rey del mundo, pero basta una décima de segundo para encontrarte con el trasero en la lona”.

Fue y siguió siendo durante toda su vida reservado, discreto, poco dado a la vida social. Tanto que el paso del tiempo estuvo a punto de devolverlo al anonimato, a pesar de todo lo que aportó a la historia pugilística de nuestro país.

Nacido en Atina, en la Ciociaria, el 1 de enero de 1942, pero genovés de adopción, Bruno se traslada con su familia a la capital ligur durante su primer año de vida, para huir de una tierra devastada por la guerra.

De niño empieza a jugar al fútbol. No está especialmente dotado técnicamente, pero el temperamento no le falta: “Tenía catorce años y jugaba de extremo izquierdo, pero siempre me peleaba con todos”. Le aconsejan que se dedique al boxeo y él, intrigado, decide entrar en el gimnasio Mameli Pejo de Génova, donde los entrenadores Alfonso Speranza y Armando Causa se burlan de él por tener las piernas demasiado grandes. Lo mandan a casa y le dicen que vuelva al día siguiente, para poner a prueba su determinación. Al día siguiente Bruno se presenta de nuevo, indiferente al trato recibido, y desde entonces ya no se va más.

Muestra desde el principio talento y carácter de verdadero boxeador: “En el gimnasio había varios chicos que eran buenos y un buen día le dije al maestro: a estos los pego a todos”. No era arrogancia, sino absoluta confianza en sus medios.

Se entusiasma, y la noble art se convierte para él en mucho más que una simple pasión: “Era un crío, tendría como mucho quince años, y trabajaba como chico de los recados en una frutería de Nervi. Tenía algunos amigos locos por el boxeo: cuando combatía Duilio Loi —y lo hacía a menudo en Milán— sacaban la furgoneta y se iban. ‘Bruno, ¿vienes?’ Muchas veces me unía yo también: como era el más pequeño, me metían detrás, en el maletero. Soñaba con ser Loi”.

Se convierte en amateur y en 1962 gana el título italiano del peso superligero, confirmándolo también al año siguiente. Luego vence el torneo preolímpico y en los Juegos Olímpicos de Tokio 1964 se presenta como el atleta de referencia de todo el movimiento boxístico italiano. Sin embargo, en el combate de apertura se ve obligado a abandonar, en un combate que estaba controlando con facilidad, a causa de un cabezazo del keniano Alex Oundo.

El debut profesional, en 1964, resulta igualmente amargo. Una vez más es un cabezazo el que lo frena, esta vez propinado por Franco Colella, quien no concedió ninguna revancha y acabaría incluso escribiendo en su tarjeta de visita “Franco Colella, vencedor de Arcari”, como contó más tarde Giuliano Orlando.

Siguen diez victorias consecutivas que lo proyectan hacia el título italiano, frente a Massimo Consolati. Y una vez más, a frenar su ascenso en un combate que estaba dominando es una herida en la ceja, provocada por un gancho de derecha de Consolati. Arcari atraviesa un momento de desánimo, pero Rocco Agostino, su histórico mánager, y Rino Tommasi, entre los primeros en creer en él, lo convencen de no rendirse.

A partir de ahí, nadie logrará detener a Arcari: demasiado talento, demasiada convicción y demasiada inteligencia. Bruno aprende a proteger las cejas, su auténtico punto débil, mejorando la guardia y perfeccionando los movimientos. Entre los primeros en pagarlo está el propio Consolati, que concede la revancha a Arcari y ve cómo le arrebatan el título italiano del peso superligero tras una descalificación por reiterados intentos de juego sucio.

Después de defender el título en tres ocasiones, llega el combate contra el campeón europeo, el austriaco Johann Orsolics.

En el Stadthalle de Viena, en una atmósfera ardiente y surrealista, con 15.000 austríacos haciendo temblar las paredes del pabellón y apoyando a su ídolo local, Arcari firma el primero de sus grandes capolavoros: concede al rival los primeros asaltos de estudio, luego toma el control, silencia al público y gana por KOT, con Orsolics detenido por el árbitro a causa de las heridas sufridas.

Defiende el título europeo en cuatro ocasiones, ganando siempre antes del límite.

Luego, el 31 de enero de 1970, llega por fin la oportunidad por el título mundial WBC, frente al filipino Pedro Adigue, un boxeador de temperamento casi furioso, capaz de cualquier incorrección sobre el ring. Es un combate al límite por brutalidad y violencia. En el tercer asalto, un terrorífico gancho de derecha a la mandíbula hace flaquear las piernas de Bruno, que sin embargo resiste. Es como una descarga eléctrica para Arcari, que empieza a dar batalla. Los tres últimos asaltos siguen siendo legendarios aún hoy: es Arcari quien los conduce, pese a que Adigue no cede ni un centímetro, hasta que un gancho de izquierda del italiano hace tambalear al filipino. Al sonar la campana, el veredicto es unánime: ¡Arcari es campeón del mundo!

Zurdo natural, dotado de un sólido bagaje técnico, Arcari es rápido de piernas y está en constante movimiento. Sabe hacer daño con ambas manos, pero prefiere el enfrentamiento técnico. Aun así, nunca se echa atrás, ni siquiera ante las batallas más cruentas.

Bruno se hace finalmente famoso. En Italia alcanza una popularidad increíble, pese a ser el arquetipo del antidivo, alejado de los focos y de los salones elegantes: “Me llamaban de todas partes, pero yo solo pensaba en el trabajo, en prepararme bien. Como campeón del mundo, las mejores bolsas eran para mí: cuanto más tiempo me mantenía en la cima, más ganaba. Fin de la historia”. Este es Arcari, en toda su franqueza.

En marzo de 1971, en Roma, Bruno debe defender el título mundial del asalto de João Henrique, boxeador brasileño de talento cristalino. Es un combate muy equilibrado, que Bruno gana a los puntos. Pero el veredicto es generoso, como el propio boxeador reconoció.

Aproximadamente un año después, en junio de 1972, ambos vuelven a encontrarse frente a frente. El combate es un acontecimiento tal que capta la atención de 200 millones de telespectadores en todo el mundo. En Italia registra un share del 87 %, pulverizando el récord anterior de Italia-Alemania 4-3. Henrique está convencido de ganar, y eso carga aún más a Arcari. Sobre el ring dan vida a un duelo espectacular, pero es Arcari quien logra otra hazaña más. En los últimos asaltos golpea con tal vehemencia que rompe la mandíbula de João, que resiste con valentía, pero acaba yéndose a la lona tras un golpe al cuerpo de Arcari. Se levanta, pero ya no tiene fuerzas, y Bruno es llevado de nuevo en triunfo.

El 2 de septiembre de 1974, tras haberlo defendido en nueve ocasiones, abandona voluntariamente el título mundial, al igual que había hecho con los títulos italiano y europeo. Ya no consigue dar el peso y continúa su carrera en el wélter. Son muchos los que creen posible organizar un combate increíble contra José Nápoles, pero el campeón cubano pide cifras desorbitadas: la sospecha de que nunca quiso realmente enfrentarse a Arcari quedará para siempre sin respuesta.

La carrera de Arcari en el wélter es breve y sin duda menos significativa, pero ofrece un último sobresalto cuando en el camino del boxeador italiano aparece un joven púgil en plena ascensión, el italo-australiano Rocky Mattioli. Es el canto del cisne de Arcari, que domina la primera parte del combate gracias a su superior velocidad y técnica, y resiste con gran entereza el asalto vigoroso de Mattioli, más joven y más pesado, en la segunda mitad. El veredicto es de empate.

Dos años después, en 1978, Bruno Arcari se retira a la vida privada, poniendo punto final a una carrera increíble como dominador absoluto. Hoy vive en Deiva Marina, en la Riviera de Levante, donde lleva una vida apartada, lejos de los focos y de ese mundo al que regaló páginas memorables. Lamentablemente padece una enfermedad degenerativa, por la cual recibe la pensión vitalicia prevista por la ley Giulio Onesti, reservada a ex deportistas italianos ilustres que se encuentran en una situación de especial necesidad; una ayuda largamente esperada que le fue finalmente concedida hace cuatro años, al término del proceso de evaluación llevado a cabo por la comisión específica instituida en el Departamento para el Deporte de la Presidencia del Consejo de Ministros.

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