Del oro de Moscú al Mundial: entrevista a Patrizio Oliva

Golpear sin ser golpeado: la esencia pura y simple del Noble Arte del boxeo es precisamente esta, y pocos han sabido interpretarla de manera tan literal como el gran Patrizio Oliva, un nombre imprescindible para nuestra sección dedicada al boxeo italiano de élite. A pesar de los amantes de la pelea sin cuartel, según los cuales todo boxeador debería combatir cuerpo a cuerpo, el campeón napolitano conseguía sus victorias con inteligencia, técnica y sentido del tiempo, pero también con una determinación inigualable. Precisamente hablando de su estilo inconfundible iniciamos nuestra entrevista a Patrizio, antes de centrarnos en los momentos más significativos de su apasionante trayectoria deportiva.

¿Qué responde a quienes critican su boxeo por considerarlo demasiado prudente y poco ofensivo?

Todos conocen al Patrizio Oliva que toca y sale, mi técnica y mi inteligencia para golpear sin ser golpeado. Pero cuando se me imponía la batalla, no me echaba atrás, porque también sabía hacer eso. Si no lo hacía, no era por miedo, sino porque no había ninguna razón: si podía ganar sin recibir golpes, ¿debía acaso arriesgarme solo para complacer a alguien? Hay quienes hablan mal de mi boxeo porque en este país hay que criticar por fuerza, pero a esas personas yo les respondo que me nombren a un boxeador que, como yo, haya ganado todo lo que había que ganar, que se haya mantenido en la élite mundial durante veinte años y que, desde su primer combate como novato en el amateurismo hasta la segunda defensa del título mundial profesional, nunca haya sufrido una caída ni haya sido contado por el árbitro. ¡Estamos hablando de casi 150 combates entre amateur y profesional! Si lo logré fue porque sobre el ring tenía una inteligencia fuera de lo común, sabía defenderme bien y entendía de antemano lo que quería hacer el rival.

Quizás la mayor de sus victorias, incluso más grande que el Oro Olímpico y los prestigiosos cinturones conquistados como profesional, fue la de salir adelante, gracias al boxeo y a su fuerza de voluntad, desde un entorno difícil. ¿Ha reflexionado alguna vez sobre qué rumbo habría tomado su vida sin aquel gimnasio destartalado que para usted era “el lugar más hermoso del mundo”?

Sí, mi destino ya estaba marcado. Si no hubiera existido ese gimnasio, al que iba con mi hermano Mario, la máxima aspiración que habría podido tener habría sido convertirme en obrero. Cuando entré en ese gimnasio entendí enseguida que había encontrado mi camino y que podía cambiar mi destino. Y por eso, aunque el gimnasio fuera una ratonera, hasta el punto de que teníamos que orinar en el suelo para mantener alejadas a las ratas, digo que para mí era el lugar más hermoso del mundo. Es la demostración de que no hacen falta gimnasios bellísimos y súper equipados para conseguir resultados; son nuestra voluntad y nuestra fuerza interior las que nos empujan a alcanzarlos. La famosa escena de la película Rocky IV, en la que Ivan Drago se entrena con equipos tecnológicos mientras Rocky escala la montaña, es una metáfora que simboliza precisamente este concepto. Al recorrer aquellos 15 kilómetros a pie para ir a entrenar nunca me cansé: ya tenía delante de los ojos el sueño de convertirme en campeón olímpico y campeón del mundo. Pero lo increíble es que soñaba con hacerlo precisamente en el peso superligero: ¡había acertado incluso la categoría! En aquel entonces pesaba 30 kilos; de adulto podría haber pesado 53 o 70, pero me gustaban los superligeros porque me gustaba Bruno Arcari. El destino quiso luego que Arcari se convirtiera en mi entrenador durante mi carrera profesional.

Ganar la medalla de oro olímpica y el Trofeo Val Barker en la Unión Soviética, venciendo en la final al ídolo local, fue en todos los sentidos una hazaña “de película”. ¿Puede describirnos las sensaciones que acompañaron aquel triunfo de alcance histórico y la actitud que el público moscovita le reservó en esa ocasión?

Fue realmente una hazaña de película por dos motivos. El primero es que me enfrentaba a un hombre que un año antes me había robado el título europeo en Colonia, cuando yo lo había derrotado claramente pero el jurado lo premió entre las protestas del público. Y el segundo motivo es que lo enfrenté precisamente en la final: podría haberme encontrado con él ya en el primer combate, pero el destino quiso regalarme la revancha con final de cuento y nos colocó en lados opuestos del cuadro. Aquella noche pensé: “Ahora vamos a ver hasta qué punto estás protegido”. Sabía que no ganaría simplemente el mejor: ambos éramos campeones, así que la diferencia la marcarían las motivaciones, y las mías eran enormes, porque quería dedicar la victoria a la memoria de mi hermano Ciro, como se lo había prometido en su lecho de muerte. Gané por un margen muy estrecho: el primer asalto fue mío, el segundo suyo, pero en el tercer asalto demostré a todos que yo tenía más ganas de ganar. El público de Moscú me aplaudió; no hubo ni un solo silbido.

El camino que lo llevó como profesional a cumplir el sueño mundial fue sencillamente impecable: cuatro defensas del título italiano, ocho del europeo y un récord inmaculado de 43 victorias consecutivas que luego se convertirían en 48. ¿Hay algún combate de esta cabalgata triunfal que recuerde con especial cariño? ¿Y por qué?

Recuerdo con cariño la defensa del título italiano contra Antonio Antino. Antino era amigo de mi hermano, había competido con él en los campeonatos. La noche previa al combate en Ischia nos pusimos a hablar y a bromear sobre el hambre que teníamos y lo poco que habíamos comido en esos días para dar el peso. Él me dijo: “¡Mira tú si me tengo que encontrar disputando el título italiano contra mi ídolo!”. Son pequeños detalles que hacen entender que no hay maldad entre un boxeador y su rival.

La victoria sobre el argentino Ubaldo Sacco, que le permitió alzar al cielo el cinturón mundial WBA en el Principado de Mónaco, fue una demostración de técnica exquisita, pero ¿cuánto pesó aquella noche su capacidad para sufrir?

¡Fue precisamente eso lo que marcó la diferencia! Cuando Ubaldo Sacco derrotó a Gene Harcher, que era un guerrero, muchos dijeron: “¡Madre mía, pero Oliva tiene que enfrentarse a este? ¡Lo va a destrozar!” La gente no considera que los boxeadores no son todos iguales. Yo no soy Harcher, soy Patrizio Oliva y hago mi boxeo. Aquella noche, desde el primer hasta el decimoquinto asalto, Sacco no me dio un segundo de respiro: lo golpeaba, me apartaba y me lo encontraba otra vez delante. Me imponía la pelea porque por cada paso que daba él me obligaba a dar cuatro. Lo mismo le ocurrió a Ali cuando se enfrentó a Foreman: se dio cuenta enseguida de que no podría vencerlo saltando, porque sería imposible escapar de él durante 15 asaltos, y por eso se apoyó en las cuerdas y dejó que descargara toda su rabia. Yo no me cerré en las cuerdas porque tenía características distintas, pero entendí que necesariamente tenía que plantar los pies y hacerle sentir a Sacco mis golpes.

Su derrota ante el feroz pegador Juan Martín Coggi entristeció profundamente a los aficionados italianos. El argentino se reveló después como un gran boxeador, pero al recordar aquella noche, ¿tiene algún remordimiento o cree que simplemente había llegado el momento del relevo entre un campeón y otro?

Esa derrota nunca me dolió, porque ya sabía que iba a llegar, la tenía prevista. Lo demuestra lo que ocurrió con el peso: yo normalmente, un mes antes de los combates, ya estaba dentro del límite; cuando enfrenté a Coggi, en cambio, ¡dos días antes del combate estaba tres kilos por encima! Ya no tenía ganas de pelear y Rocco Agostino se había dado cuenta, tanto que me reprendía todas las noches porque entrenaba con la cara de un condenado a muerte, pero yo le decía: “Rocco, no puedo más”. Estaba mentalmente agotado, me habían exprimido: había gente que disputaba un mundial al año, mientras que a mí, en un año y medio, me hicieron pelear cuatro campeonatos mundiales y dos combates sin título en juego. Además, yo era una persona seria: me iba de concentración dos meses antes y entrenaba duramente. Así que después de la defensa contra el mexicano Rodolfo González le dije a Rocco Agostino que aquel había sido el último combate de mi carrera y que convocaría una conferencia de prensa para anunciar mi retiro. Poco tiempo después recibí una llamada suya en la que me preguntó: “Patrizio, ¿sigues decidido? Porque yo te habría organizado el combate del año…” Y me reveló que había llegado a un acuerdo para defender el mundial en Estados Unidos contra Héctor “Macho” Camacho por un millón de dólares, que en aquella época equivalía a mil setecientos millones de liras. Mi bolsa más alta hasta entonces había sido de trescientos millones, así que para mí habría sido la bolsa de mi vida; me dije que valía la pena hacer un último esfuerzo.

Rocco partió hacia Estados Unidos para cerrar la negociación, pero el equipo de Camacho, tras ver mis vídeos, decidió hacerlo combatir primero contra un boxeador que se pareciera a mí, para ver si en América ese tipo de enfrentamiento podía gustar. Y, a decir verdad, ese combate se hizo: Camacho se enfrentó a Howard Davis Jr., un boxeador que había sido campeón olímpico en Montreal y que tenía un estilo elusivo. Yo ya había empezado a prepararme cuando me llegó esa noticia y, naturalmente, me desmoralicé. Entonces encontramos un acuerdo con Harold Brazier, número 8 del mundo, para una defensa voluntaria, pero a tres semanas del combate ¡Brazier también se echó atrás! Luego me dijeron que habían encontrado a este boxeador argentino, nada extraordinario, que acababa de convertirse en campeón nacional. En ese punto, mentalmente me fui por completo: no me entrené bien, no llevé una vida de atleta y, a dos días del combate, estaba pasado de peso. Entrené bajo el sol para perder los últimos kilos y llegué tan cansado al combate que me quedé dormido en el vestuario: ¡mi hermano Mario me dio una bofetada! Y cuando, tras perder, me levanté de la lona pensé: “Por fin se acabó, puedo retirarme”. Por eso ya sabía de antemano que cualquiera al que me enfrentara podía vencerme. Luego el destino quiso que Coggi resultara ser un “nuevo Monzón”, pero para noquearme tuvo que golpearme con cinco golpes consecutivos, él que solía dejar fuera de combate a todos con un solo golpe. El gancho del primer derribo no lo vi venir, pero golpes amplios de ese tipo he esquivado millones a lo largo de mi carrera; aquella noche no estaba allí mentalmente.

Su vida después de colgar los guantes ha sido un auténtico torbellino de experiencias: árbitro, juez, supervisor, entrenador, incluso actor de teatro con su espectáculo “Patrizio vs Oliva”, y mucho más. ¿Qué lo ha impulsado a buscar constantemente nuevos desafíos y nuevas aventuras?

Soy una persona muy polifacética, que nunca se ha puesto en contra del cambio en la vida. Surgen oportunidades y yo las aprovecho al vuelo. Una persona que realiza siempre el mismo trabajo durante muchos años, llega un momento en que se anula a nivel mental. Muchos se ven obligados a hacerlo porque es su único medio de subsistencia. Yo he tenido la suerte de poder cambiar de actividad y hacer siempre cosas nuevas, y eso, al darme estímulos constantemente nuevos, me ha ayudado a mantenerme joven con el paso de los años.

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